Relatos cortos de terror, recomendaciones de películas y libros de terror, y todo lo que tenga que ver con el miedo y las pesadillas en general.
¿El mejor amigo del hombre?
katie se encontraba ansiosa. Por fin lo había conseguido. Después de cinco años pidiéndolo, su padre había aceptado dejarle tener un perro en casa. Estaba muy ilusionada. Don, su padre, decía que era muy pequeña para cuidar de un perro. Cuando cumplió los diez años, lo volvió a pedir, y la excusa fue la misma. A los doce, después de haberse olvidado del tema durante dos años -cosa que agradecía su padre-, lo volvió a pedir. Esta vez, Don le había dicho que la casa era muy pequeña para acoger a otro ser vivo, y mucho menos un perro.
- Pero si cuando me dijiste que era muy pequeña para cuidar un perro la casa era igual de pequeña -protestaba Katie. La casa apenas tenía dos pequeños cuartos.
Don no sabía que decir, entonces decidió hacer un trato. Cuando cumpliera los catorce le dejaría elegir el perro que quisiera, pero en una perrera. Aunque Don no era muy amigo de tener animales en casa, la situación en las perreras era un tema que le importaba, y que la gente comprara perros en vez de adoptarlos, le sacaba de quicio. Esa misma gente que decía amar a los animales.
Llegados los catorce años de edad, sucedió lo que Don temía. Katie reclamaba lo prometido, y no sin antes discutir para así disuadirla, se rindió ante los ataques -justificados- de su hija.
Eran las cinco de la tarde cuando Don y Katie entraron en la perrera. My lovely dog, se llamaba. Tras pasar a recepción, una joven voluntaria les guió hasta la zona donde se encontraban las jaulas de los no queridos, los abandonados, los que nacieron cuando no debían, los maltratados... Una vez frente a las jaulas, a Katie le recorrió una sensación de tristeza por todo el cuerpo. Miraba a esos pobres seres vivos, que nada habían hecho y que no tenían culpa alguna de la situación en la que se encontraban. Fue jaula por jaula, mirando sus caras. Al menos el lugar olía bien y todo estaba más o menos limpio, no como se lo imaginaba.
Tras estar ojeando cada jaula varias veces, tras cuarenta y cinco minutos de visita, empezó a notar como su padre y la joven se impacientaban. El primero ya le estaba metiendo prisa, y la otra tenía cara de pocos amigos -¡encima que había ido a ayudar!-.
Finalmente se decidió. Algo le decía que era la decisión acertada. De lo que no sabía era de que raza se trataba. La joven, con un tono algo borde, le informó de que se trataba de un Pitbull, que a pesar de la mala fama, era muy manso. A Katie le pareció el perro más especial que había visto jamás. Tenía una estatura media, bastante pelo -algo alborotado-, y unos ojos castaños muy claros. Decidió adoptarlo.
Dos semanas pasaron desde que adoptaron a Boo. Nombre que Katie había dado al perro. Una semana después de la adopción ocurrió algo muy extraño. Katie se encontraba durmiendo. Eran las tres de la madrugada de un lunes, en pleno verano. Desde la ventana abierta de par en par no entraba ni una pizca de aire. Katie sudaba y se encontraba dando vueltas en la cama inconscientemente. Entonces un sonido la despertó. Algo que sonó como un puñado de platos rompiéndose. Katie abrió los ojos y se encontró de frente con la pared oscura de su cuarto. Al girarse para incorporarse en la cama, se encontró de frente con Boo.
-¡Dios, que susto, Boo!, ¿Me quieres matar de un infarto? -y cogió al perro de la barbilla, haciéndole monerías-.
Se levantó y fue encendiendo las luces a su paso hasta llegar a la cocina, en busca del dichoso sonido. Comprobó que no había nada fuera de lo normal. Se dirigía a su cuarto cuando se encontró de nuevo, y de improvisto, con Boo.
-¿Otra vez tu por aquí?. Vete a dormir, ven-ga -le decía mientras tiraba de él-.
Sorprendentemente Boo no se movía. Su miraba era imperturbable. Miraba directamente a los ojos de Katie. A esta le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
-Bueno pues aquí te quedas.
Mientras caminaba no podía evitar pensar si Boo le seguía o no. Entonces se giró y comprobó que él la seguía mirando. Miraba como si de una persona se tratase -¡pero solo era un perro!-.
Entonces ocurrió. Boo ladeó la cabeza y en su cara se dibujo una sonrisa, impropia de un animale. Katie no pudo evitar horrorizarse. Cambió de destino y se dirigió al cuarto de su padre. Tenía un mal presentimiento. Cuando se disponía a entrar, Boo hizo un amago, como si se dispusiera a correr, y luego lo hizo. Katie reaccionó rápido y abrió y cerró la puerta del cuarto de su padre en cuestión de segundos. Tras la puerta se escucho el golpe que se dio el terrorífico animal contra la puerta. Katie no lo podía creer, y comenzó a retroceder sin poder apartar la mirada de la puerta. Entonces se dio con algo. Era la punta de la cama. Se giró para poner a su padre sobre aviso y vio algo que hizo que su corazón se parara durante unos mili-segundos, o al menos eso es lo que sintió. De su padre no había rastro. Solo estaba Boo, sobre la cama, con una sonrisa que le llegaba casi a las orejas. Con las mismas corrió hacia Katie y la despedazó como si de una muñeca de trapo se tratara.
Katie abrió los ojos de golpe. Todo había sido un sueño. Resopló y se dispuso a darse la vuelta en la cama para coger de nuevo la posición para dormir. Entonces le volvió a ver frente a sí, con una sonrisa de oreja a oreja.
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